Discriminar no es libertad de expresión: Ángel Dorrego

Discriminar no es libertad de expresión

Por Ángel Dorrego.- Nadie está en contra de que discriminar es nocivo, pero parece que si está alineado con una línea ideológica, cualquier actor se siente justificado para hacerlo. Hemos visto con enojo cómo el presidente de los Estados Unidos de América (EUA), Donald Trump, estigmatiza a los migrantes mexicanos con calificativos que indican que son criminales y facinerosos natos. Lo mismo para los migrantes centroamericanos. Y no es tímido para hacer lo mismo con personas de origen asiático, así como para cualquier nombre o costumbre que suene al Medio Oriente. O contra los afrodescendientes. Básicamente, contra cualquier ente institución o persona que tenga sus actividades en la unión americana y no sea blanco practicante de alguna religión de la rama judeo-cristiana. Y esto ha tenido consecuencias, ya que los supremacistas blancos toman las palabras del líder de su nación como inspiración y justificación para actos deleznables, como ir a un supermercado en El Paso y dispararle a cualquiera que parezca mexicano. La discriminación siempre es el primer paso para que este tipo de actos sea posible.

Sin embargo, seguimos discriminando. Y hablo en primera persona del plural porque la discriminación por motivos de género, raza o preferencia sexual, entre muchas otras, se ha vuelto tan común como su combate. Determinemos primero que discriminar, desde el punto de vista político social, es el acto por el cual se expresa que una persona tiene menos derechos que las demás debido a una condición de su manera de pensar, comportamiento o persona. O sea, plantea que eres menos que los demás, y mereces menos derechos, por el hecho de ser como eres. Y eso lo vemos todos los días. Cuando no es un ex conductor de televisión diciendo que se ha curado de la homosexualidad, incluso cuando ésta no es ninguna clase de enfermedad según los criterios científicos de instituciones que hacen ciencia que cura y previene enfermedades; es un atleta que dice que son peores que animales. Y para el resto del tiempo tenemos toda una serie de arengas en redes sociales proferidas por usuarios que son tan pobres de ideas propias que prefieren denostar de forma soez a su interlocutor que demostrar con inteligencia que tienen un análisis mucho mejor sustentado.

¿Cuál es la justificación para estas actitudes? Hay dos principales: el primero es decir que no se está teniendo una actitud discriminatoria. Por ejemplo, decir: “no es racismo, pero se necesita ser muy indio para comportarse así”. Se necesita un esquema mental de fanatismo para no notar la contradicción lógica del postulado. Creer que no es discriminatorio endilgar un comportamiento determinado a un sector específico es el equivalente del razonamiento del bebé que cree que está escondido porque se tapó los ojos. Es tan absurdo como decir: “no soy violento, pero te voy a matar a golpes”. El silogismo es el mismo, y la diferencia entre el primer postulado y la anterior reducción al absurdo sólo es el tiempo y la falta de límites. La segunda justificación suele ser la libertad de expresión. Quien discrimina dice que puede decir lo que quiera, donde quiera y como quiera. Éste es un entendimiento demasiado conveniente de las funciones de un derecho, pero hace trampa en cuanto a cómo funcionan los derechos de las personas en sociedad.

En primer lugar, todos tenemos los mismos derechos. Así lo dicta nuestra constitución, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y todo un andamiaje jurídico. Ahí están las libertades de expresión, para organizarse, de tránsito; entre todo un catálogo de garantías para los ciudadanos de casi todos los países de occidente. ¿Eso nos hace completamente libres? La verdad es que no. Nuestras libertades están acotadas por las libertades y derechos de los demás. En nuestro país tenemos escrito en letras doradas en incontables recintos que “tanto entre las personas como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y ni aun así lo practicamos. No somos del todo conscientes que cualquier libertad y derecho que tenemos se encuentra intrínsecamente limitado por los derechos de los demás. Podemos hacer lo que queramos siempre y cuando no rebasemos el límite de la afectación a un tercero. Entonces, mencionar que se puede atacar a una persona o grupo de personas por no estar de acuerdo en un comportamiento en el cual están haciendo uso de sus derechos, se convierte en un equivalente a que yo me pasee cada tarde por su recámara alegando que estoy haciendo uso de mi derecho al libre tránsito, cuando en realidad lo que estaría realizando sería una violación a sus derechos de propiedad y privacidad. Un derecho no aplasta otro, lo limita de tal manera que se pueda tener una convivencia social armónica.

Hay fórmulas exitosas para lograr esto. Por ejemplo, en Alemania está prohibido el uso de simbología, discurso y parafernalia nazi debido a la tremenda cicatriz que dejó en su sociedad el genocidio de judíos, socialistas y homosexuales. Tan lo reconocen como el peor error que han cometido en su historia que, en el aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial con la invasión germana a Polonia, el primer ministro de la nación teutona ofreció una disculpa más por el inaceptable comportamiento que tuvieron. Y así con todo lo que tenga que ver con ese respecto. Por ejemplo, la banda de hard rock Kiss no puede ocupar su logo original en Alemania, ya que las últimas dos letras de su nombre lucen muy parecidas al símbolo que distinguía al servicio secreto del gobierno de Hitler. Así que ahí tienen que utilizar otro logo sin importar que, de hecho, tanto el cantante como el bajista del grupo son judíos hebreoparlantes nacidos en Tel Aviv. Se limita, que no cancela, el derecho de unos para poder respetar los derechos de todos.

Así que la libertad de expresión es sólo un pretexto si lo que se está haciendo es discriminar a una persona o grupo por ejercer sus derechos de libre desarrollo de la personalidad, de creencias religiosas o la ausencia de las mismas, o simplemente por ser la persona que es en fisonomía y costumbres. Mientras ataquemos los derechos de otros lo que se está promoviendo es la ignorancia y el fanatismo que suele estar acompañado de ésta. Si usted es un ciudadano que profiere insultos a los que son diferentes a usted, no hay derecho que le asista ni justificación en decir que no es lo que claramente demuestra con sus palabras que es. Si es usted un funcionario público que discrimina utilizando los prejuicios de su filiación ideológica, debería renunciar como único acto digno ante la demostración de la ignorancia del hecho de que se llega a cargos políticos representando a un grupo específico, pero que se gobierna para todos y, por lo tanto, deben de ser los primeros en respetar las garantías. O se lo pongo en términos que en realidad entienda: no es por ponernos legalistas, pero no es usted libre de discriminar.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com

Foto Nueva Revista