El Mesías de Haendel, con el Coro y la Camerata

Secretaría de Cultura del Municipio de Querétaro te invita a disfrutar del concierto El Mesías de Haendel, con el Coro Santiago de Querétaro y la Camerata Santiago de Querétaro

Disfruta el Oratorio El Mesías de Haendel, con el Coro Santiago de Querétaro y la Camerata Santiago de Querétaro, la cita es éste miércoles 4 de diciembre, en el Teatro de la Ciudad, ubicado en la Calle 16 de Septiembre 44-E, Centro Histórico de Santiago de Querétaro; la entrada  es libre.

El Municipio de Querétaro, a través de la Secretaría de Cultura del traen para ti este magnífico concierto, para deleite de queretanos y la ciudadanía que nos hacen el honor de visitarnos para vivir y sorprenderse con las actividades navideñas, en el marco del Programa ¡Querétaro se Ilumina!.

No puedes dejar pasar esta oportunidad de disfrutar de ésta obra maestra, interpretada por el Coro Santiago de Querétaro y la Camerata Santiago de Querétaro; dirigidos por el Mtro. Jesús Almanza, y las voces privilegiadas de Aída García (soprano), Ángeles Maciel (alto), Elba Flores (alto) y Carlos Sánchez (bajo).

“El Mesías”, de Haendel
De entre todas las obras que le dieron fama y gloria, Haendel siempre coincidió con el público prefiriendo El Mesías a ninguna otra. Compuesta como un oratorio más de los muchos que ya llevaba a sus espaldas, ya desde el día de su estreno se convirtió en una verdadera apoteosis. Consciente del extraordinario valor de aquella obra, el propio compositor decidió destinar todas sus recaudaciones a obras de caridad y se negó a publicarla en vida para que nadie rompiese aquella costumbre.

 

Desde ese momento y hasta hoy, cosa extraña en una obra barroca, El Mesías se ha representado ininterrumpidamente y es, aparte de patrimonio de la humanidad entera, la obra navideña por excelencia.

La génesis de El Mesías
En 1741, Haendel atraviesa una época difícil: ha tenido problemas de salud y un ataque de parálisis le ha obligado a reponerse en un balneario; su compañía habitual de ópera está en la quiebra y él se ve agobiado por las deudas; Israel en Egipto es mal recibida y sus antiguos correligionarios le acusan ahora de vulgar; sus óperas Deidamia e Himeneo apenas son representadas y decide no volver a componer para ese género; y para postre, las intrigas contra su persona no paran de sucederse, llegando al extremo de que los carteles de sus estrenos son arrancados de las calles.

Parece que alguien quiere hundirle para siempre, pero entonces llega la salvación. Lord William Cavendish, lugarteniente del rey en Irlanda le invita a ir a Dublín, algo que el músico no se piensa dos veces. Deja atrás el aire ponzoñoso de Londres y llega a la pequeña isla a finales de otoño. Pero antes de partir ha querido escribir una obra en homenaje a Irlanda, nación que le parece generosa y noble, y así, se embarca con un nuevo oratorio en su equipaje.

Allí se encuentra un panorama completamente distinto. La gente le admira sin reservas, pues solo ha llegado hasta allí su fama y no el desprestigio del cual acaba de escapar. Enseguida se reencuentra con viejos amigos, como el reverendo Delany o el violinista Dubourg. La residencia que ponen a su disposición está muy cerca del Neal’s Music Hall, una sala de conciertos de reciente construcción cuya acústica resulta muy de su agrado y donde pronto sonarán sus obras.

Con unos cantantes de primera línea y una estupenda orquesta, se hace la suscripción para ofrecer seis conciertos con sus obras en los que se programa El festín de Alejandro, la Oda a Santa Cecilia o L’Allegro, il Pensieroso ed il Moderato. La entusiasta acogida posibilita la celebración de otros seis y pronto empiezan los preparativos para estrenar ese oratorio nuevo que ha traído consigo. Así, el 12 de abril de 1742, un auditorio de setecientas personas escucha por primera vez El Mesías en Dublín, en un concierto con fines caritativos.

El éxito es tan grande que Haendel llega a verlo repuesto varias veces antes de volverse a Londres. Una vez allí podría esperarse de nuevo el ambiente de conjura pues, al fin y al cabo, los triunfos cosechados en Irlanda nada importan en la vieja Inglaterra; de hecho, se considera blasfemo que una obra titulada El Mesías se interprete en un teatro y hay que cambiarle el título de forma provisional por Sacred drama. Pero el estreno londinense inclina la balanza a su favor, puesto que el rey Jorge II se pone en pie al escuchar el célebre “Aleluya” de la segunda parte (la leyenda sostiene que lo hizo emocionado, pero hay quien especula con que se confundió, tomándolo por un himno, de ahí la señal de respeto.

De ser así no andaba muy desencaminado, ya que Haendel había usado anteriormente ese tema en un Anthem, esto es, en un himno). Los presentes lo imitan y las voces que hablaban contra él tienen que silenciarse por largo tiempo.

Desde ese momento y hasta la pérdida de la visión, en 1753 (curiosamente Bach también murió ciego ¿tanto les afectaría a la vista la precaria luz con la que trabajaban?) Haendel lo dirigiría todos los años, a beneficio del Hospital Foundling.

Con este oratorio el compositor logró en vida la inmortalidad que sería denegaba a los colegas de su tiempo, o que en el caso de Bach, llegaría un siglo después, de mano de los románticos, y algo más inédito aún: que una obra barroca fuese interpretada ininterrumpidamente desde el día de su estreno hasta hoy, 261 años después.

Oyendo El Mesías
El Mesías toma un texto de Charles Jennens, adaptado de la Biblia y se divide, como todos los oratorios del músico, en tres partes perfectamente diferenciadas.

En la anotación introductoria a la primera edición de la obra, publicada tras el fallecimiento de Haendel, se señala lo que puede ser el propósito del oratorio, recrear que “En Dios está todo el tesoro del conocimiento y la sabiduría”.

Seguidamente analizaremos la obra y sus momentos más importantes, pero antes hay que precisar un detalle no poco importante y es que, dada la falta de unicidad de las distintas grabaciones que circulan por el mercado (a las que hay que sumar una versión reorquestada por Mozart que también ofrecen algunas casas), debida a la existencia de ediciones alternativas de la partitura con algunas variaciones significativas, es muy probable que el análisis expuesto pueda diferir en algún detalle de El Mesías que el lector tenga a su alcance en disco. Trataremos, por tanto, de aproximarnos lo más fielmente al espíritu original de la obra.

La “materia prima” de El Mesías
A diferencia de Bach, que podía pasarse varios años para acabar un oratorio, Haendel poseía una rapidez casi sobrehumana, solo igualada por Mozart, Rossini o Donizetti, aunque salvando las distancias entre época y género.

El Mesías fue escrito en veinticuatro días, entre el 22 de agosto y el 14 de septiembre de 1741, pero en ningún momento hay en su música indicios de prisa o falta de acabado.

Lo que sí puede justificar en cierta medida esta rapidez es la propensión de Haendel y otros autores barrocos (Vivaldi el primero) a autoplagiarse, haciendo pastiches de obras anteriores o incluso de composiciones ajenas.

Pero en aquel entonces nadie veía esto como un defecto que menoscabase la calidad de la partitura resultante, así que tampoco tendría que ser considerado como tal hoy en día.

Por Martín Llade