Los héroes no se santifican. Por: Ángel Dorrego

Los héroes no se santifican. Por: Ángel Dorrego

El presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, suele hacer largos paréntesis en sus diarias intervenciones ante la prensa para explicar sus puntos de vista a través de la narrativa de episodios históricos de nuestro país, ya sea con la exposición de relatos completos o explicando circunstancias y motivaciones de los personajes involucrados. En este punto no difiere del resto de su lógica: se ha tratado de la lucha del bien contra el mal, de los terribles villanos que han buscado explotar al pueblo mientras que hombres buenos han resistido y luchado en la adversidad para que su gente goce de libertades y tenga los elementos para defenderlas.

Para aquéllos que vivimos el mundo antes del internet, este tipo de narrativas no nos es ajena, ya que, de hecho, así nos enseñaban la historia durante la educación básica. Con gestas de héroes que lucharon contra fuerzas malignas que nos querían tener sometidos. ¿Cómo se construyó esto? En un resumen groseramente breve, en el México posrevolucionario se buscó extender la educación a todos los mexicanos, e incluida en esa universalización del conocimiento se encontraba la enseñanza de la Historia. Objetivo muy noble a mi parecer. Sin embargo, recordemos que estamos hablando de gobiernos emanados de una sangrienta guerra que conllevó muchas luchas político ideológicas ulteriores, que incluía el haber derrotado a una europizada clase dominante que contaba con el apoyo del clero católico. El asidero, entonces, de esta nueva interpretación histórica fue parte de la corriente ideológica llamada nacionalismo revolucionario, en el cual la patria tenía un valor en sí misma, ya que su compromiso hacia ella era un valor intrínseco para los ciudadanos del país, cosa que se formaba y fomentaba desde la escuela. Ser patriota era algo bueno, como para tirarse al vacío con la bandera con tal de que no cayera en manos enemigas.

Sin embargo, esta visión histórica se aferró intocada a nuestras instituciones por más tiempo del necesario. Esto provocó que se estancara en un letargo donde seguía defendiendo las gestas de sus grandes héroes para darnos patria de manera repetitiva y gravemente acrítica. Los que luchan por el pueblo son buenos, los demás son malos. Y empezó a crear una narrativa de nuestros personajes históricos en la cual eran una especie de iluminados que velaban desinteresadamente por el futuro de la patria dando grandes lecciones de compromiso y sacrificio. O sea, las historias empezaron a ser más parecidas a las de santos que a las de seres humanos de carne y hueso con deseos y motivaciones que se encontraron en circunstancias extraordinarias, y que trataron de resolver según sus ideas, perspectivas e información disponible, haciendo uso de aquello que tenían a la mano. Y como toda narrativa maniqueísta, termina dividiendo en vez de unir, pues se termina creyendo que quien no está de acuerdo es porque le va al enemigo.

En el último cuarto del siglo pasado, sin embargo, con la apertura de espacios para fuerzas políticas a las que se les había negado la presencia en el escenario del poder, se empezó a minar la llamada “historia oficial” por vía de la crítica y el análisis de intelectuales y comentaristas que venían tanto de la izquierda como de la derecha, poniendo muchos de los escenarios históricos en contextos más amplios, utilizando otros enfoques críticos para el análisis de los hechos y abriendo el debate a la interpretación moderna de los acontecimientos. Poner a debatir visiones de la historia es, sin duda, mucho más complicado de entender un cuento de buenos contra malos. Y empezamos a dejar de tratar a nuestros próceres como si fueran una especie de santos. Y creo que algunos de ellos lo hubieran agradecido, pues no me imagino un Benito Juárez, cuya obra política es fundamental en el desarrollo de nuestro país, queriéndose ver como una especie de ejemplo a seguir en lecciones morales de cuentos poco verificables.

Pero el presidente parece ser partidario de esta visión histórica, y está en su derecho. Sin embargo, los demás también estamos en nuestro derecho de analizar los procesos históricos de nuestro país en una visión más allá del maniqueísmo de santos contra villanos, de buenos contra malos, de aliados y enemigos. Todavía queda mucho que debatir acerca de cómo hicimos las cosas y por qué las seguimos haciendo de cierto modo. Para eso está la Historia como ciencia, para ayudarnos a interpretar el presente y tener visos de lo que nos espera a futuro. Pero también eso lo podemos debatir, pues no estamos profanando deidades intocables. Sólo seres humanos en su tiempo y lugar.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com