Huachicol volverá, a mucha gente no le gusta trabajar

López Obrador visita los pueblos señalados por el robo de combustible denominado huachicol, golpeados por la violencia y la pobreza.

Tulancingo es la última parada en la gira anti huachicol de López Obrador. Han sido varios municipios en pocos días, a destacar Acambay, en el Estado de México, no muy lejos de aquí. Cientos de vecinos de Acambay aparecieron en un video hace dos semanas, llevándose gasolina de una toma clandestina del ducto de Pemex. Llevándola en bidones, cubetas, garrafas. Una imagen parecida a la de la semana pasada en Tlahuelilpan, cerca igualmente de aquí, solo que allá, en Acambay, el ducto no explotó. Nadie murió. En Tlahuelilpan, sí. El número de muertos supera el centenar hasta este viernes.

A la vista de lo ocurrido este jueves en Tulancingo, la gira anti huachicol de López Obrador sirve para que el presidente insista en que ahora, con él en el Gobierno, se acabó el “huachicol de arriba”, esto es, la corrupción. Y como se acabó la de arriba, la de abajo, dice, acabará también.

Cuando resume sus planes en ideas tan claras, el público aplaude entusiasmado. Entre ellos está la señora Guillermina Tenorio, de 50 años, que lleva una carpeta en la mano llena de papeles y documentos. Antes, fuera del estadio, ha explicado que viene a registrarse para el censo. Ella no lo dice, pero se trata del Censo del Bienestar, el nombre que ha elegido el nuevo Gobierno para su sistema de subsidios.

Hasta ahora, explica Guillermina, ella recibía poco más de mil pesos cada dos meses por el programa Prospera, que manejaba el anterior Gobierno, el del priista Enrique Peña Nieto. Prospera se daba a personas de “escasos recursos”. Pero Prospera se acaba y ella espera que la integren al nuevo, esta vez por la discapacidad de su nieto, que tiene autismo. En caso contrario no sabe qué va a hacer, porque cuida de sus tres nietos mientras su hija intenta buscarse la vida en Canadá. Del papá de los niños mejor no hablar.

Guillermina sabe que el motivo del evento es hablar del plan contra el huachicol. “El tema del huachicol es muy grande, pero ahora se calmó tantito por lo que pasó”, dice, en referencia a la explosión de Tlahuelilpan. “Pero yo creo que va a ser solo por un tiempo.Volverá a subir, porque hay mucha gente que no le gusta trabajar”. En la práctica, el evento contra el robo de gasolina de López Obrador es una oportunidad para que los voluntarios del censo, repartidos en varios mesas dentro del estadio, expliquen bien -a ella y a otros cientos- cuales son los subsidios y cómo se podrán recibir.

Hay una enorme cantidad de mantas y pancartas agarradas de las manos de los asistentes. Casi ninguna -de hecho ninguna que viera este corresponsal- tiene que ver con el huachicol. En una critican al Ejército y piden que se haga justicia a los militares. El señor que la sujeta dice no tiene que ver con el huachicol. “Los militares mataron a mis dos hermanos”, dice, pero se niega a dar más detalles. A su juicio, las palabras de la pancarta son más que suficientes. En otra denuncian que una planta cervecera que recién ha empezado a funcionar unos kilómetros de aquí, en Apan, va a dejar sin agua a los vecinos. En una tercera, enorme, colocada a la izquierda del escenario, le piden al presidente que se cuide, que vaya en vehículo blindado, acompañado de una escolta.

Como si fueran feligreses, mandan plegarias al de arriba. Le piden soluciones para sus problemas. Un vendedor de cacahuates pide una hoja y un bolígrafo. Dice que le va a escribir una carta al presidente para pedirle que acaben la carretera que va de la cabecera de su pueblo a la comunidad en la que vive. La escribe, devuelve el bolígrafo, da las gracias y se va con los voluntarios del censo. El huachicol es importante, pero el agua, el dinero, la procuración de justicia, también lo son.

Junto a la entrada hay un grupo de vecinos de Tepeji, también en Hidalgo, cerca de Tula. No vienen a pedir nada, solo a escuchar. Dice Rosa González: “La acción del presidente contra el huachicol es la correcta. La corrupción que viene de arriba a abajo implicó a gente de las comunidades, gente que no es delincuente, pero que por carencia, se vieron involucrados. Lo hemos visto esto nosotros”.

Grita Omar Fayad, truenan los tambores. Acaba su discurso con una sonrisa forzada, sus labios tensos. Se sienta. Llega el turno del presidente, que se levanta. La multitud grita, devota. Él carga contra la corrupción. “Yo sé”, dice, “muchos pensaban, ‘si los de arriba roban, ¿por qué yo no?’ Pero eso se acabó, ¡se acabó!”. Todos aplauden.

El señor que lleva la pancarta contra la cervecera, que prefiere no decir su nombre, aplaude. Oiga y a usted, ¿qué le parece la lucha contra el robo de gasolina? “Nosotros no queremos meternos en lo de la gasolina, es otro rollo”, dice, aunque rectifica. «Es verdad que eso nos afecta a todos, porque el combustible es de la nación. Yo estoy de acuerdo con el señor presidente”.