La popularidad presidencial dura dos años

La popularidad presidencial dura dos años

Ángel Dorrego.- A estas alturas del sexenio, para nadie es un secreto que el presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador, basa gran parte de su accionar político en el manejo unipersonal de la opinión pública a través de sus diarias conferencias de prensa, bautizadas en el medio periodístico como “la mañanera”. Al igual que como lo hizo cuando fue titular de la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, aprovecha sus dotes de líder carismático para defender a través de principios simbólicos tanto la acción como la inacción de su gobierno acerca de los temas de la agenda nacional, además de aprovechar cada oportunidad para criticar a sus adversarios e influir en la agenda pública a través de sus declaraciones.

La ventaja de este modelo de comunicación es que populariza su imagen y disemina sus mensajes a la nación de forma prácticamente permanente. Lo acerca con su público y refuerza la impresión de que es alguien que se encuentra trabajando de forma constante. Permite aprovechar las habilidades del presidente en el uso del discurso simbólico para denotar frecuentemente las diferencias de su gobierno con los de sus antecesores, reforzar el optimismo de sus aliados y manejar la agenda política. Sin embargo, también tiene consecuencias cada vez más indeseables para su protagonista, ya que muchas veces tiene que sortear a periodistas con preguntas críticas acerca del desempeño de su gobierno; o de los propios dichos que ha proferido en conferencias anteriores, pues resulta imposible que un sólo personaje pueda conocer a fondo el funcionamiento completo de la administración pública sin el apoyo de los encargados de las distintas áreas de su gabinete. Y la consecuencia de esto deriva en información imprecisa, en el mejor de los casos, o permite que un dicho llevado demasiado lejos ponga de cabeza a la administración pública federal, como en el caso del avión presidencial.

Pero tal vez las fortalezas de dicho modelo de comunicación política se pudiesen convertir también en debilidades con el tiempo. Si bien el público termina identificando al gobierno con la única presencia de López Obrador, ya que es bastante marginal el espacio que les da a sus secretarios de estado para comunicar acerca de los trabajos en los que se encuentran imbuidos de forma permanente, también es cierto que la opinión pública en este momento se encuentra más enfocada en debatir con el presidente las imprecisiones o imposiciones dentro de sus declaraciones que en debatir los proyectos reales que se están tratando de ejecutar en su ejercicio de gobierno. O sea, que su popularidad no sólo se basa en el conocimiento del público de su imagen y presencia, sino que también se le endilga directamente a él cualquier crítica hacia las acciones de su gobierno. La misma lógica que lo vuelve dueño y centro de todos esos reflectores también lo vuelve en el único blanco visible para la crítica a su manera de gobernar.
Sin embargo, no se ve ningún atisbo de cambio en este modelo de comunicación a pesar del desgaste que sufre de forma constante el presidente. Esto se debe a que el titular del ejecutivo parece estar convencido de que su altísima popularidad le alcanzará para seis años teniendo un control de la opinión pública a través de la influencia que él ejerce en ella, y que se ve capitalizada por la férrea defensa que hacen sus partidarios en redes y prensa acerca de sus acciones. Así como lo hizo en el gobierno del Distrito Federal. Esta idea es congruente con el resto del funcionamiento ideológico del aparato de la Cuarta Transformación, ya que se encuentran convencidos a priori de que son diferentes de los anteriores gobiernos de este país, de que la gente está convencida de ello y que dicha convicción no va a cambiar con el tiempo. A pesar de esto, los últimos estudios demoscópicos han registrado que la popularidad del presidente sufre un ligero, pero constante decrecimiento que podría poner en predicamentos al gobierno federal a partir de cierto punto en la caída de la aprobación del jefe del ejecutivo. Pero muchos de sus partidarios siguen creyendo que esto no pasará debido a que este gobierno es diferente porque ellos lo creen así, ya que las pruebas tangibles se ven cada vez más lejanas.

En el año 2000, Vicente Fox ganó las elecciones presidenciales y ocupó el primer puesto del ejecutivo federal con un gobierno que sus partidarios esperaron que fuera un hito en la forma de tutelar a nuestro país, ya que se había ganado por primera vez la presidencia por la vía democrática al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Fox, militante del añejo Partido Acción Nacional (PAN), comenzó su sexenio con altos niveles de aceptación, con un amplio margen para darle el beneficio de la duda a nuevos actores en el ejercicio de la autoridad, pero también con un alto nivel de expectativas acerca de los resultados de su gobierno. Pero el primer tercio de su gobierno estuvo marcado por la desorganización de su equipo de trabajo, los errores propios del desconocimiento del manejo del aparato gubernamental, la falta de crecimiento económico y la visible incapacidad para llevar a cabo sus proyectos. El segundo tercio de su gobierno dedicó mucho tiempo a pelear con sus críticos, al punto que es el autor del apodo de “círculo rojo” para señalar a la prensa que era permanentemente crítica de su trabajo. Cerró el sexenio con una popularidad que no le alcanzó para influir en la elección del candidato de su partido para sucederlo en la presidencia de la república.

El siguiente sexenio no vio a Felipe Calderón distinguirse por su popularidad, ya que la elección que le dio la presidencia fue dura y polarizante. Pero tampoco le alcanzó para que sus acciones de gobierno refrendaran a su instituto político en las urnas de la siguiente elección, que fue ganada por el priista Enrique Peña Nieto, quien prometió regresar la eficiencia al gobierno de México. Y empezó con mucho apoyo e ímpetu su periodo, ya que logró de forma inmediata un pacto con los dos principales partidos opositores para agendar una serie de reformas con el objetivo de optimizar la competitividad del país. Algún medio extranjero de prestigio llegó a visualizarlo como salvador de nuestra nación. Sin embargo, la ineficiencia de su política de seguridad, el regreso de prácticas de autoritarismo, engaño y corrupción, aunado a una imagen que pasó de la actuación eficiente ejecutiva a la de frivolidad y despreocupación. Al poco tiempo ya estaba pidiéndole al público que también vieran las cosas buenas que hacia su gobierno, lo que al final devino de un rechazo de siete de cada diez mexicanos a su labor.

Hoy le toca estar en la misma palestra al presidente López Obrador. Gobierna basado en su popularidad y dedica un momento todos los días a declarar cuán diferente es su administración de las anteriores, aunque parece convencido en seguir el mismo camino. Como sus antecesores, cree ser diferente por el único hecho de declararlo, y también le parece que su aceptación se verá intocada ante el desgaste natural del ejercicio del gobierno. No se vislumbra que exista un plan de contingencia por si esto no funciona. Seguirá gobernando con la estrategia principal del manejo de la opinión pública y de las expectativas en sus partidarios, ya que él, al ser diferente, no lo abandonarán aunque ya haya muestras de caídas en la aceptación de su trabajo. Si la tendencia sigue, habrá perdido una parte fundamental de su base de apoyo en sólo dos años. Y tendrá que defender su gobierno con acciones que, de hecho, arrojen resultados, pensando que tenga algo de esto en un año más. O se quejará cada vez más amargamente de sus críticos, así como sus antecesores, a los que tanto critica, pero no parece darse cuenta de que gobernar va más allá de ser popular.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com

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