Lo que la reacción a la golpiza de la combi dice de nosotros

 

Lo que nuestra reacción a la golpiza de la combi dice de nosotros

Por Ángel Dorrego.- A finales de la semana pasada, un video tomado desde la cámara de seguridad de una unidad de transporte público del Estado de México se volvió viral. En él, dos sujetos abordan el vehículo con la intención de despojar de sus pertenencias a los cinco usuarios que se encuentran en él. Sin embargo, el chofer arranca dejando a uno de los asaltantes fuera de la unidad. Era el que traía el arma, por lo que su compañero de crimen se queda solo y desarmado, cuestión que aprovechan los usuarios para propinarle una golpiza para no olvidar. Si bien el hecho en sí mismo es interesante desde el punto de vista psicológico y sociológico, también lo fueron las reacciones en redes sociales, ya que éstas fueron desde la mayoritaria celebración de los internautas por el desenlace, hasta la defensa del criminal que terminó desnudo, sobajado y muy probablemente lesionado.
Para entender esto, hay que comprender las causas que tiene desde el punto de vista individual y colectivo, como ya lo propuso el especialista en políticas de seguridad Alejandro Hope. También hay que ver cuáles son los resultados que arrojarían nuestros planteamientos si se reprodujeran como costumbre de la colectividad. Si empezamos por el punto de vista individual, es muy difícil negarle a las personas la empatía que se tiene por ver a un victimario convertirse súbitamente en víctima. Más cuando sabemos que es probable que muchas personas hayan vivido la perturbadora experiencia de ver cómo les arrebatan los frutos de su trabajo en tan sólo unos minutos, golpeando de forma notoria su capacidad económica en el corto plazo. Es natural que el primer impulso sea el de venganza a quien nos ha hecho un daño. Lo natural, no lo racional, que se pierde fácilmente cuando la violencia y la agresión se vuelven factores reales en el desenvolvimiento de una serie de actos.
Es por acto que la mayor parte de los usuarios de redes sociales tuvieron la reacción de festejar que, por lo menos en un caso en un lugar, el delincuente tuvo que sufrir las consecuencias de sus actos. Sin embargo, también hubo quien defendió al vapuleado atracador, sobre todo bajo el argumento de que la pobreza y la marginación lo habían orillado al camino de la criminalidad. Y de esto no hay duda, está comprobado que la falta de recursos básicos y los ambientes de marginalidad incrementan la posibilidad de que un número mayor de personas se decanten por la actividad ilegal para obtener beneficios que el trabajo legal jamás les otorgaría. Pero hay que tomar en cuenta que no estaban despojando a integrantes de la gran burguesía, sino a empleados que iban o venían de sus actividades y que se encuentran inmersos en el mismo ambiente de marginación que los asaltantes. Marginación que no sólo pasa por los aspectos económicos, sino por una falta de acceso a una vida libre de amenazas y el acceso a que las instituciones de justicia estén de su lado.
Es ahí donde el debate llega a un nudo irresoluble, ya que lo estamos planteando como acciones individuales sin medir su impacto presente y futuro en la vida colectiva. ¿Qué pasa cuando este tipo de conductas se reproduce? Poner la justicia en manos de la gente o el pueblo (tome la que usted quiera según su ideología) suele tener resultados negativos, ya que la masa, por definición, no piensa; pero sí siente, y actúa en consecuencia a eso. Si bien se sacia la sed de justicia de las mayorías, ésta no tarda en convertirse en sed de venganza y sangre. Entre los miles de ejemplos posibles, podemos mencionar desde grupos iracundos que, con antorcha en mano, exigían que se sacrificara a mujeres acusadas de la práctica de brujería; pasando por multitudes que se agrupaban para arrojar objetos y escupir sobre los acusados de herejía que estaban por ser quemados en la hoguera. Se puede decir que esto pasó hace mucho y en otros lugares. ¿Recuerda usted a los tres policías federales que fueron linchados a principios de este siglo en la alcaldía de Tláhuac de la Ciudad de México? Los delincuentes los acusaron de robar niños y la turba acabó con la vida de dos de ellos. ¿O los encuestadores del Inegi asesinados por motivos parecidos? La masa es un pésimo jurado, y haber atinado una vez no significa que siempre será así. Incluso la mayor parte de las personas en nuestro país basan su fe religiosa en una persona que hace poco más de dos mil años fue juzgada, pero su juzgador prefirió delegar la decisión al pueblo al lavarse las manos. Sabrá usted que a partir de ese punto las cosas se pusieron muy mal para él.
Y de ahí se vuelve a entrar a un falso dilema en el cual el pueblo ejerce la justicia de forma errática, pero directa, o se ve sometido a la tiranía de la fuerza como modo de organización social. Y es ahí lo que más me sorprendió de las reacciones por los eventos: ¿y la autoridad? En los últimos siglos, nuestra especie ha tratado de organizarse con base en el nombramiento de personas dedicadas de tiempo completo a la ejecución de las leyes que una población acepta para sí misma, evitando una serie interminable de venganzas y tratando de que a cada persona le corresponda lo justo según un conjunto de normativas pre-establecidas. Por eso me sorprendió que el reclamo mayor no fuese a las autoridades por su inacción y pasividad, que casi parecieron inexistencia en nuestro caso muestra.
Nuestra exigencia como sociedad debería dirigirse a los cuerpos de seguridad de los municipios del Estado de México que se encuentran conurbados a la Ciudad de México, pues su inacción e inoperancia a los frecuentes asaltos a transporte en su zona hablan de tanta ineptitud que parece complicidad. Tampoco se mencionó a las autoridades estatales de seguridad, pues el gobierno de Alfredo Del Mazo Maza no se le ve interés en acabar con ese flagelo, al que sus instituciones sólo responden con estériles operativos de revisión de usuarios que terminan por procesar judicialmente a jóvenes por posesión de drogas en cantidades ridículas para considerarlos traficantes en vez de consumidores, pero que justifican la labor policíaca al tiempo que los asaltantes siguen contando botines en sus casas. Y también al gobierno federal, pues hay tramos de carretera federales que son puntos de actividad delictiva mientras que las fuerzas de seguridad están distraídas en funciones que no son las suyas sin que se cubra este déficit con el fin de que los ciudadanos no queden a la intemperie ante una tormenta que se alimenta de pobreza, marginación, falta de oportunidades y un país lleno de armas ilegales. Nuestra reacción nos está diciendo que cada vez creemos menos en las autoridades y empezamos a estar cada vez más dispuestos a que la justicia quede en nuestras manos, a riesgo de terminar cortándonoslas entre nosotros. Por mi parte, me parece más conveniente recuperar la labor de seguridad de las autoridades a favor de los ciudadanos. Total, ya les estamos pagando para eso.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.

Twitter: @AngelDorrego

Correo para el público: adorregor@gmail.com

 

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