Lo que no sabías del acueducto de Querétaro

El acueducto de Querétaro, la construcción que envuelve un convenio de amor

El acueducto de Querétaro; obra de un hombre romántico. La Cd de Querétaro en México situada a 200 km del Distrito Federal cumplie este año 2016, 485 años de su fundación.

En el Siglo XVII fue llamada por España “La Perla del Bajío” y fue considerada por la Corona Tercera ciudad del Reino. Además de ser la cuna de la Constitución política actual de la República Mexicana, fue dos veces su capital.

La ciudad de Querétaro, es una de las más emblemáticas del país habiendo sido decretado el 5 de diciembre de 1996 su Centro Histórico, Patrimonio Cultural de la Humanidad por sus bellezas arquitectónicas, su aspecto colonial, y su riqueza en leyendas y tradiciones.

Símbolo y orgullo de la Cd de Querétaro ubicado sobre el Boulevard Bernardo Quintana, yergue imponente El Acueducto, considerado la obra urbana más importante del siglo XVIII que se erigió buscando canalizar el agua para la ciudad.

Esta majestuosa construcción se inició en el año 1726 y tomó nueve años en ser terminada, cuenta con 75 arcos de un máximo de altura de 28,42 metros y una longitud de 1259 metros. 1 arco más, el último, tuerce al oeste-noroeste por otros 41 metros, mismo que fue construido tiempo después por el Ingeniero Salvador Álvarez, dueño de la famosa fábrica de mosaicos de Querétaro.

Está hecho de cantera rosa y mampostería en la alberca de captación y en la arquería, sostenidos por pilares de mampostería de más de 3 metros y medio en cuadro, el último de los cuales desembocaba en el patio de aguas del convento. Un dato curioso es que los muros del convento están construidos con piedras adheridas con una mezcla de cal y jugo de maguey.

Hoy se puede observar, en ese mismo patio, relojes de sol orientados cada uno para funcionar en las distintas estaciones del año. Actualmente el agua continúa llegando a la ciudad a través de él y es depositada en 10 fuentes públicas y 60 fuentes privadas localizadas en toda la ciudad. La construcción de las 70 fuentes concluyó en 1738.

Esta gran obra de ingeniería hidráulica fue llevada a cabo por Don Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Águila, benefactor de la Cd de Querétaro. Nacido en la Villa de Arceniaga provincia de Álava, el 30 de noviembre de 1670, hijo de Don Domingo de Urrutia y Retes y de Doña Antonia de Arana, tuvo su bautismo infantil en el Santuario de Nuestra Señora de la Encina en Llanteno, Álava.

Llegó a México en 1687. Ocupó puestos muy importantes y tuvo notable intervención en el tumulto y rebelión de los indígenas en la ciudad de México en 1692.

En 1694, Don Juan Antonio, que había sucedido a su tío como Marqués de la Villa del Villar del Águila, fue nombrado Regidor perpetuo de la Ciudad de México, cargo que desempeñó hasta el año 1697; un año después, vistió el hábito de Caballero de la Orden de Alcántara, y contrajo matrimonio con Doña Josefa Paula de Guerrero Dávila.

La construcción del acueducto de Querétaro tiene íntima relación con la fundación del Convento de Capuchinas de San José de Gracia, en el que intervino don José Torres y Vergara, sobrino y albacea de los bienes del Dr. Don Juan Caballero y Ocio, quien comisionó a Don Juan Antonio de Urrutia y Arana de acuerdo con el Virrey Marqués de Valero y el Arzobispo Fray José Lanciego y Eguiluz para transladar a las nuevas monjas fundadoras de este convento en el año de 1721, comisión que no fue ciertamente del agrado del Marqués.

Este acontecimiento, pese a la resistencia del Marqués a ir a la Cd de Querétaro, lo ligó para siempre a la ciudad, pues entre las monjas fundadoras, venía Sor Marcela y aquí es donde empieza la leyenda de amor detrás del acueducto: Leyenda de amor protagonizada por Don Juan Antonio de Urrutia y Arana y Sor Marcela.

Juan Antonio de Urrutia y Arana, Caballero de la Orden de Alcántara, media cerca de 1,90 metros, era fuerte y con grandes habilidades para la ingeniería hidráulica. Sor Marcela, sobrina de Paula Guerrero Dávila esposa del Marqués, era una hermosa dama, de una familia acomodada y capaz de inspirar un gran sentimiento de ayuda al prójimo, pero además formaba parte de la orden de las hermanas Capuchinas, del convento de las Capuchinas de San Jose de Gracia.

Cuenta la leyenda que cuando el Marqués vio por primera vez a Sor Marcela el amor entre ambos surgió de inmediato. Pero debido a la situación tan delicada, primero porque Sor Marcela era monja y segundo porque era sobrina de su esposa, nunca hubieran podido hacer realidad su amor por lo que llegaron a un convenio:

El convenio de amor era el siguiente: Ella le ofreció su amor basado en el entendimiento mutuo, pero sobre todo lleno de pureza, pidiéndole a cambio “solamente” que construyera el ahora majestuoso Acueducto para conducir el agua al convento de las Capuchinas.

La historia que se encuentra detrás de uno de los acueductos más importantes del mundo, tiene sólo una razón de ser: El amor entre un vasco enamorado y una monja. Esta es la leyenda del Marqués de la Villa del Villar del Águila y una de las monjas capuchinas más hermosas de ese momento, Sor Marcela.

Si bien es cierto que esta leyenda se ha transmitido de boca en boca y que forma parte de la memoria colectiva de la Cd de Querétaro, es hoy en día promovida por los guías turísticos. Los hechos son los siguientes:

Hacia 1720, cuando en Querétaro la gente sufría la contaminación de los ríos y se empezó a enfermar hasta morir, Juan Antonio de Urrutia y Arana, Marqués de la Villa del Villar del Aguila, quién gozaba de gran riqueza debido a su matrimonio con Paula Guerrero Dávila, decide construir un acueducto para traer agua a la ciudad, y de esta manera mitigar las enfermedades intestinales que sufrían los ciudadanos.

Una vez decidido y comprometido para hacer el bien a la ciudad, él pagó de su peculio la mayor parte del costo de la obra que ascendió, en el siglo XVIII, a $ 131,099, aportando el 66,5% por ciento del costo.

El 33 por ciento restante fue reunido por la población en general, “tanto pobres como ricos, junto con un bienhechor del colegio de la Santa Cruz, una condonación aplicada a la obra” y los fondos de la ciudad.

El Marqués buscó en los alrededores de Querétaro la fuente que había de surtir el preciado líquido y encontró que el más adecuado, por estar su nivel a conveniente altura en relación con el de la ciudad, era el llamado “Ojo de Agua del Capulín”, en el pueblo San Pedro de la Cañada a casi 10 km de la ciudad.

Manos chichimecas y otomíes se dedicaron a construir la famosa obra, concluida en 1738.

Al principio no era muy grande el caudal de agua que rendía, pero gracias a las obras que emprendió el Marqués se aumentó la corriente a cuatro mil “pajas”, equivalente más o menos a treinta litros por segundo. Decidió el Marqués construir una gran alberca para captar en ella el agua y de allí conducirla en atarjea hasta Querétaro.

El 15 de enero de 1726 se comenzó este vasto depósito de forma muy irregular, en el lado opuesto se estableció la “toma de agua”. Una vez terminada la alberca se construyó una barda alrededor de ella de bastante altura para protegerla.

Del punto de la toma, arranca la atarjea de cal y canto, hasta llegar a donde empieza el acueducto propiamente dicho, que domina la ciudad, puesto que salva la extensa hondonada entre la loma occidental de La Cañada y la del convento de la Cruz.

Para formar los arcos de piedra y sillería, fue preciso transportar selvas enteras de planchas, maderas y vigas al valle para formar las cimbras necesarias para la fabricación de tan pesada y elevada máquina; debiendo entrar en cuenta la multitud de tornos para subir los materiales, garruchas, maromas, lazos, reatas, lías de cuero, cubos, cajones y demás instrumentos.

En el año de 1733 llegó por fin el agua a las goteras de la población y dos años más tarde, a la caja de agua en la plazuela de la Cruz, de donde había de distribuirse a numerosas fuentes públicas en distintos rumbos de la ciudad. La caja de agua de la Cruz quedó terminada el 22 de octubre de 1735. Se dio por terminada la obra el día 17 de octubre de 1738.

Para celebrar el plausible acontecimiento de la dotación de agua a Querétaro se cantó una solemne misa de acción de gracias, el 19 de octubre de 1738. Hubo además festejos profanos, que duraron no menos de quince días.

La generosidad del Marqués fue muy grande en obras de beneficio social, pues además del Acueducto que lo sublima, también construyó de su peculio el hermoso puente de cantera en el río de Querétaro llamado El Puente Grande así como cuatro fuentes de gran mérito artístico: La de la Virgen del Pilar, en el barrio de la Cruz; la de la plaza Mayor; la de San Francisco y la de Santa Clara.

Su participación en estas obras no fue solamente la de proporcionar el dinero suficiente, sino que él mismo trazó, calculó y juntó sus manos a las de los indígenas queretanos cuyo nombre no escribió la historia en la construcción material de estas obras que son ahora orgullo y gloria arquitectónica de Querétaro.

Desgraciadamente las tres últimas fuentes han desaparecido por el descuido y el tiempo. Además introdujo el agua a casi todos los conventos de la ciudad, y lo más loable, a cuántos vecinos se acercaban a él para solicitar “Merced de Agua”, el propio Marqués se encargaba de la obra haciendo los gastos por su cuenta.

Dejó tres legados de $ 5,000 cada uno para sus tres hijas expósitas, Rita, Marisela y Ana Gertrudis de Urrutia y Guerrero, para el caso que fueran religiosas y tres mil si fueran casadas.

El Marqués dejó toda su fortuna para obras de beneficio social a muchas comunidades religiosas y a sus servidores. Después de una vida verdaderamente ejemplar, murió este notable hombre en la ciudad de México el 29 de agosto de 1743. Se cree que sus cenizas reposan en el Convento de Santo Domingo, aunque también pueden estar en San Diego, según dejó dispuesto en su testamento.

 Un ilustre ayalés en México. Juan Antonio de Urrutia y Arana (1670-1743). RAMÍREZ MONTES, Guillermina / ITURRATE, José.