Trump y la vuelta a un pasado opresor: Ángel Dorrego

Trump y la vuelta a un pasado opresor

El eslogan de Donald Trump durante su campaña presidencial fue “Make America Great Again” (Hacer a América grande otra vez). Está por demás aclarar que nuestros vecinos del norte se dicen a sí mismos América, y casi todo el mundo también los llama así. Es un debate que parece nimio si consideramos las implicaciones que tiene esta frase en la vida actual, ya que el multimillonario Trump se inscribe en la lista de líderes demagógicos en el espectro ideológico mundial que tienen como argumento el regreso a un pasado idealizado para ofrecer un futuro incongruente, pero altamente atractivo para sectores desencantados con el fracaso del proyecto de manejo de la economía mundial en las últimas décadas. Y sí, los Estados Unidos de América (EUA) eran la gran hegemonía en el mundo occidental incluso cuando tenían el contrapeso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y con mayor razón ante su desaparición. Pero también se le negaban los derechos más básicos a los afroamericanos, mujeres y personas de la comunidad LGBTTI+; además de una vasta lista de minorías que siempre vieron cómo sólo los hombres caucásicos tenían un lugar efectivo en su sociedad.
Estos hombres blancos, además de grupos ideológicos que buscan el regreso de anteriores status quo, son el público incondicional de Trump. Añoran una sociedad donde se mantenía el orden, se aseguraba el ingreso, se les ofrecía niveles de vida superiores a los de las demás naciones; todo esto sin permitir que comunidades diferentes a su estereotipo favorito participaran de los beneficios de lo que también ayudaron a construir. Están convencidos de que las cosas funcionaban mejor antes, ya sea porque idealizan su pasado (como todos los que alcanzamos cierta edad), o lo han visto en viejos programas de televisión o películas clásicas. Algunos son todavía más radicales, como para llevar sus reclamos al terreno del fascismo, pues no sólo quieren la segregación de personas por su nivel de melanina, sino su sumisión a una sociedad donde son piezas de inferior valor. Ésta es la base dura del electorado del presidente Trump, aunque también existen en su catálogo de electores personas que se vieron envueltas en la turbulencia de nuestro tiempo: políticos que hacen grandes promesas en abstracto, pero tienen poco respecto por las leyes y las autoridades que se encargan de cumplirlas, las cuales también han fallado en su encomienda desde hace demasiado; todo esto en un ambiente donde conseguir información es sencillo, pero su fiabilidad es cada vez menor; en donde se hacen acusaciones permanentes, pero pocas denuncias; y jamás se presentan evidencias.
Pero la diferencia ahora son las evidencias. Desde las épocas donde el doctor Martin Luther King Jr. lideró las protestas que devinieron en la obtención de la Carta de Derechos Civiles se acusaba que los cuerpos policiacos estadounidenses solían ser abusivos con la población afroamericana, desde acusarlos de delitos con escasa evidencia, hasta acosarlos y tratarlos como delincuentes peligrosos ante la menor falta. Pero la respuesta eran investigaciones realizadas por asuntos internos de la misma policía. Se investigaban ellos mismos y nunca encontraban algo que incriminara gravemente a los implicados. Cuando hubo cámaras portátiles de uso público, empezaron a aparecer evidencias. En 1992, un video aficionado grabó a varios policías de Los Angeles pateando en el piso a un sometido Rodney King, quien fallecería a causa de los golpes. Cuando el veredicto judicial daba penas menores y amonestaciones a los homicidas, la ciudad estalló en una serie de disturbios. Y conforme avance el alcance de la tecnología ha dado una cámara a cada ser humano, las evidencias han aumentado, avivando protestas de un tiempo para acá, pero sin éxito. Como breve ejemplo, basta citar cuando el entonces quarterback del equipo de futbol americano de San Francisco, el afrodescendiente Kolin Kaepernick, decidió hincarse y bajar la cabeza durante el himno nacional como señal de protesta ante la brutalidad policial hacia la gente de color, el presidente Trump declaró que nadie debería contratarlo, y eso fue exactamente lo que la liga hizo.
Es entonces que llegamos al infame video donde un policía de Minneapolis coloca su rodilla encima del cuello de George Floyd, afroamericano, quien se encontraba postrado boca abajo y termina por balbucear “I can’t breathe” (no puedo respirar). Por 8 minutos el policía se mantuvo altivo y orgulloso mientras asesinaba a un hombre de manera agónica ante las quejas de los transeúntes. Las autoridades dijeron inicialmente que murió por causas distintas al abuso policial, para que luego una autopsia independiente determinara que Floyd fue asfixiado hasta morir. Todo esto a plena luz del día, en una avenida transitada, ante cientos de testigos, siendo filmado y en manos de quien se supone que debe evitar que estas cosas pasen. Será labor de los psicólogos determinar por qué el agente de seguridad pública se mantuvo impasible mientras le arrancaba la vida a alguien, pero el por qué pudo hacerlo es muy claro: porque puede. Porque sintió que no habría consecuencias, que no se iba a doblegar ante la queja de cualquier persona que pase y, tal vez, creyó que estaba haciendo su trabajo.
A Trump le ha caído en un pésimo momento este abuso y la ola de protestas que se han generado a lo largo de los Estados Unidos debido a este hecho. Se encuentra en año de elección presidencial, tratando de conservar su puesto por otros cuatro años justo cuando una pandemia afecta la salud, rutina y economía de sus ciudadanos. Y su actuación ante la amenaza del Covid-19 ha sido más que cuestionable, lo cual ya lo tenía en números preocupantes para su equipo de campaña. Ahora tiene que lidiar con protestas que llegaron a la puerta de la Casa Blanca, donde apagó las luces y se encerró en un búnker, para salir a reclamar a los gobernadores de los estados de falta de autoridad por no reprimir efectivamente las movilizaciones, y declarar a la organización antifascista que las organiza como terroristas. ¿Qué pensarían Lincoln, Roosevelt, King o Malcolm X si les dijéramos que el presidente de los EUA se encerró en la Casa Blanca, apagó las luces y declaro terroristas a los antifascistas ante la protesta por el homicidio de un ciudadano afroamericano a manos de la autoridad?
Por eso Trump siempre se ha manifestado por el regreso a un pasado mejor, donde la gente como él podía definir a quién dejaba entrar a sus establecimientos, quién podía usar qué baño, quién podía ir a la escuela y qué labor le tocaba hacer para obtener el sustento; todo esto basado en la concentración de melanina en la piel del individuo en cuestión. Donde no se aceptan la pobreza, exclusión y falta de oportunidades como excusas para el atraso de la población afrodescendiente, y donde el respeto a la autoridad importa más que los derechos de las personas. Esto ha puesto a la súper potencia en jaque, mientras China lo desafía de forma peligrosa en el escenario global. Pero no podía pasar otra cosa: cuando una nación renuncia a construir un futuro ante las circunstancias adversas y prefiere buscar las ideas románticas de un pasado tan ideal como existente sólo en los recuerdos, el progreso es imposible. Pero Trump es persistente, por decir un eufemismo: sigue creyendo que todo era mejor cuando los hombres blancos y privilegiados podían hacer todo mientras que los demás los servían. Lo que habrá que ver es si su nación lo sigue queriendo como presidente, o si la grandeza se les irá de las manos por sus contradicciones internas. O si hacer a América grande otra vez incluya institucionalizar el racismo de nuevo.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.

Twitter: @AngelDorrego

Correo para el público: adorregor@gmail.com

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