Cuando se acabe la luna de miel del presidente/ Ángel Dorrego

Cuando se acabe la luna de miel del presidente. Opinión de Ángel Dorrego

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, declaró la semana pasada que se logrará un crecimiento del 4% anual y una reducción del 50% de la violencia en el país cuando termine su sexenio. Estas declaraciones fueron precedidas por las críticas a su gobierno por la tardía declaración acerca de la masacre en Minatitlán, Veracruz, en la cual perecieron 13 personas en un ataque armado en una fiesta. En realidad el objetivo era una sola persona y en los finados quedó incluido un niño de un año. También estuvo la aparición de datos económicos que arrojan la contracción del Producto Interno Bruto (PIB) en el primer trimestre del año. Estos hechos le valieron al presidente un hashtag en su contra que se convirtió en tendencia, hasta que fue neutralizado por otro en que sus seguidores lo apoyaron. Sin embargo, parece que existen indicios de que su popularidad pudiese empezar a decrecer por primera vez en su sexenio.

Las acciones de López Obrador para neutralizar esto han ido en dos frentes: desacreditar al adversario y administrar las expectativas de su público. La primera acción es común en la actuación política del presidente. Por ejemplo, en esta ocasión atajó las críticas del tamaulipeco José Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y que fuera secretario de hacienda en el sexenio de Ernesto Zedillo, diciendo que no tenía la autoridad moral para criticar cuando él había sido uno de los que llevo a México a la quiebra. Hay que aclarar que en cualquier debate, si prefieres atacar al interlocutor que a sus argumentos, es porque no sabes cómo contestarle.

En cuanto a las expectativas, es una herramienta política completamente legítima administrar por tiempos políticos lo que espera la gente de un gobierno y las acciones que se tomen con respecto a asuntos específicos, con el fin de juntar el apoyo necesario para que las políticas públicas logren ciertos espacios de efectividad que legitimen el actuar del gobierno. Pero en algún momento se exigirán los resultados, e incluso se advertirá si no se va por el camino correcto para lograrlos.

Los presidentes mexicanos que en este siglo antecedieron al actual jefe del ejecutivo (Fox, Calderón y Peña Nieto) han visto sus sexenios divididos en tercios. Los primeros dos años en que empieza a operar su gobierno con altas expectativas y la implementación de sus planes y proyectos. Los primeros seis meses de este periodo son la “luna de miel”, donde se ve con esperanza los alcances de la nueva administración. Después dos años en que tratan de consolidar su trabajo, pero ya se encuentran bajo crítica por errores y abusos varios por parte de su aparato de gobierno, además de que empiezan a tener diferencias visibles con los medios de comunicación por las críticas, al grado de que dos de ellos se han quejado de que ha habido un círculo rojo que sólo se dedica a atacarlos. Al final, dos años donde tratan de cerrar su labor de gobierno de la forma más decorosa posible para apoyar a su delfín en el gobierno. Por cierto, ninguno ha logrado que el suyo gane.

Parece que López Obrador no tiene previsto ese ciclo. Parece que los constantemente repetidos 30 millones de votos que lo llevaron a la presidencia van a estar con él incondicionalmente por seis años. Pero su apoyo puede verse disminuido cuando se vuelva más notorio que sus expectativas no tienen ningún sustento teórico o metodológico, y de hecho no ha presentado ningún plan donde las cifras para que esto se logre cuadren aritméticamente. Y además en la labor de gobierno hay un desgaste natural que puede verse acentuado por la falta de pericia que han mostrado sus operadores en la administración pública federal, los constantes ajustes a las políticas de gasto público y a la falta de cohesión en los miembros del gobierno que suelen contradecirse entre ellos.

Existe una táctica de trabajo que los estadounidenses definen popularmente como underpromise and overdeliver (promete poco y entrega de más). Se utiliza básicamente para que la puesta en marcha de un plan permita un espacio de tiempo y recursos para afrontar vicisitudes no previsibles. Nuestros presidentes hacen lo contrario: prometen de más, entregan en parte y culpan a los demás de no haberlo logrado. Los malo de prometer de más es que se hace notorio de forma muy rápida que no se va a alcanzar a cumplir. Y ahí se acaba la luna de miel, y el apoyo popular deja de ser un activo político. ¿En qué se va a apoyar nuestro presidente cuando le pase?

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com