El hombre del paraguas negro (Cuento)

El hombre del paraguas negro (Cuento) de Mario Sánchez Martínez.

En el andén del metro de la estación Insurgentes, estaba aquel hombre. Los que estábamos adentro tardamos mucho para salir porque afuera llovía demasiado fuerte. Aquel hombre me parecía un poco extraño y sentía como me miraba con insistencia, por un momento el miedo se apodero de mí y me estremecí en todo el cuerpo, pensé que aquel hombre podría hacerme daño y yo estaba sola; pero me tranquilice un poco, allí en la estación había más gente, pensé que después de todo, solo eran mis nervios que me traicionaban y me hacían sentir cosas raras.

Aquel señor de apariencia extraña, era como de uno setenta de estatura, complexión robusta, aproximadamente tendría unos cincuenta años de edad, pero se veía bien conservado. Vestía un traje verde oscuro y encima una gabardina negra, llevaba un sombrero de esos pequeños de corte ingles, en sus manos sostenía un par de guantes negros y un paraguas también de color negro.

Miraba con insistencia su reloj parecía que llevara mucha prisa, pero aquella lluvia citadina no dejaba salir a nadie. Me imaginaba como estaría ya la calle de inundada, ahora tendré que cruzar por el puente peatonal para pasar al otro lado de la calle y de seguro va a estar lleno de vendedores que nunca dejan pasar.

Volví a reaccionar y aquel hombre del paraguas negro, seguía allí con la mirada insistente en su reloj; tuve por un momento la curiosidad de acercármele y de entablar una conversación pero inesperadamente fue él quien se me acerco. Quede paralizada, sentí miedo y ganas de gritar, toda la gente que se encontraba en la estación me escucharía y si no me ayudaban por lo menos aquel hombre se alejaría, pero no hice nada. Cuando reaccione de mi asombro ese hombre ya me estaba saludando…

-Buenas tardes, perdón que la moleste señorita, pero he notado que desde hace un buen rato está usted nerviosa; ¿espera a alguien o solo espera que termine la lluvia, para salir de aquí?

Todavía no podía creer que aquel hombre me estuviera hablando con tanta amabilidad, después de tantas cosas que yo pensé de él. Después de todo tal vez sólo eran imaginaciones mías y aquel tipo era una buena persona, que al igual que todos los que estábamos en ese anden del metro por circunstancias de la lluvia teníamos que esperar a que terminará y después seguir cada cual su rumbo pues ésta es una situación común aquí en el Distrito Federal. Cada vez que llueve siempre se tiene que buscar algún lugar donde taparse o meterse en alguna estación del metro para esperar a que pase el microbús para que la suba a una toda mojada, que después no se puede sentar porque se mojan los asientos. Pronto reaccione y conteste a su saludo…

-No espero a nadie sólo quiero que ya termine de llover porque en verdad ya me estoy poniendo nerviosa, tengo que agarrar un microbús que me lleve a casa de una amiga, para irnos a la universidad pero no quiero salir a mojarme porque mire, traigo mis libros y no quiero que se mojen ni siquiera traje una bolsa para meterlos.

-No se preocupe, si me permite puedo acompañarla a que espere su camión. Mi paraguas nos tapará bien a los dos, así podrá llegar rápido y no esperará hasta que terminé de llover.

No supe que contestar, apenas hacia un rato aquel hombre me parecía un extraño, pero cuando lo tuve cerca y escuche su voz; aquella rara sensación de vacío que crecía en mi estómago, muy despacio fue desapareciendo. Debajo de ese sombrero pude apreciar el rostro de aquel hombre y conociendo su cara me dio un poco de seguridad. Es muy raro, aunque no imposible, que alguien en una urbe tan grande como esta te preste ayuda sin conocerte; por eso cuando él me la brindó, dude en aceptarla, pero también llevaba mucha prisa, ya que esa tarde mi amiga Laura y yo teníamos que exponer una clase y era demasiado importante, por eso cuando aquel sujeto del que ni siquiera sabía su nombre, me brindó su paraguas, no tarde mucho en decirle que sí.

-De acuerdo señor, aunque no sé ni cómo se llama ni de donde es, pero no estoy en opción de elegir, así es que acepto su ayuda. Traiga para aca el paraguas y cargue mis libros, espero que pase pronto el camión, no quiero llegar tarde.

Rápidamente subimos por las escaleras de los andenes del metro que conducen a la calle de Insurgentes. No podía creer que yo fuera con un extraño; pero de pronto aquel hombre interrumpió nuestro paso.

-Tiene usted razón señorita en dudar de mí, no la culpo, es cosa normal en esta gran ciudad, las tensiones y los problemas que suceden a diario, en esta urbe; no son para menos. Mi nombre es Felipe. Soy médico del hospital de la Raza, como ve estoy aquí cerca, acabo de terminar mi guardia y voy para mi casa, vivo en San Ángel; no quise irme en el metro, quiero subirme en un camión que me lleve por ese rumbo y bajarme un poco antes, deseo comprar nieve de esa que vienen a vender las gentes de Tulyehualco es riquísima. Ahora ya no soy un extraño y jamás una mala persona, mire, aquí le doy mi tarjeta cuando necesite algo no dude en ir a verme, tendré gusto en atenderla y en que nos volvamos a ver; porque en esta capital rara vez se ve a la misma persona dos veces en el mismo día, jamás se vuelve a ver, excepto a los choferes de los micros a esos me los encuentro a diario, traen la misma ruta todos los días.

-Muchas gracias doctor. ¿Felipe, verdad? Ahora sí que hay confianza, es que hay aquí cada tipo que ya no sabe, si la van a robar o la van a trastear.

Me llamo Constanza y vivo en la Colonia Valle Gómez; usted ya sabe que voy a la universidad, soy estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, cosas muy contrarías a las que usted estudio. Pero ya córrale, a ver si pasa pronto el micro. Mi amiga es media desesperada y como no llegue pronto capaz que se va sin mí.

Por fin llegamos a la calle y aquel aguacero parecía no acabar nunca y no se miraban trazas de que viniera algún camión.

-Esta lluvia parece que no termina Constanza y cómo se inunda este tramo de Insurgentes.

Como pudimos a empellones y pisadas subimos el puente peatonal, que como lo dije estaba lleno de vendedores; cruzamos rápido para llegar al otro extremo de la calle y después de treinta minutos bajo la lluvia y con aquel paraguas sobre mi cabeza por fin llegó mi camión y como era de esperarse venía repleto de gente, yo ya estaba empapada de los zapatos y los pantalones de mezclilla deslavada ya eran negros del agua sucia que se me había impregnado. Ni modo, estas son cosas que pasan.

-Doctor Felipe, aquí viene mi camión, tuve mucho gusto en conocerlo. Por primera vez había estrechado su mano, rígida y serena. Gracias por haberme atajado la lluvia, tenga por seguro que pronto iré a verlo.

-Ándele, hasta pronto Constanza, también yo tuve gusto en conocerte y no tardes en ir a visitarme, córrele, súbete que si no te deja el camión.

Apresuradamente solté su mano y corrí hasta el camión con los zapatos chacoteando en el agua. Como pude me fui acomodando entre la gente que también venía toda mojada y por el cristal trasero del autobús vi como aquel hombre del paraguas negro seguía allí en el paradero esperando bajo la inclemente lluvia con su extraña apariencia pero su rostro suave y todavía ante mi asombro y con mi cuerpo mojado; miré como iba desapareciendo ante mis ojos haciéndose cada vez más pequeño con la lejanía y la lluvia más intensa, como si no fuera a dejar de llover nunca.

Mario Sánchez Martínez.