Evo, el último bastión de la izquierda sudamericana: Ángel Dorrego

Evo, el último bastión de la izquierda sudamericana

Por Ángel Dorrego.- Evo Morales ha renunciado a la presidencia de Bolivia después de habérselo pedido el ejército ante el clima de tensión generado por las protestas que suscitaron las elecciones en que el líder indígena se reelegía por tercera ocasión, o sea, para iniciar un cuarto mandato. Esto después de modificar la constitución boliviana en un par de ocasiones con el fin de alargar su estancia en el poder, cosa que ha terminado de forma exabrupta a pesar de que se intentaron varías vías legales y paralegales para sostenerlo en el cargo. Con él, se termina la primera generación de presidentes sudamericanos que iniciaron el siglo desafiando al neoliberalismo desde su muy particular visión de la izquierda política.

El siglo comenzaba y las políticas de ajuste estructural para sanar las finanzas de países en vías de desarrollo, o neoliberalismo como le dicen sus detractores, habían hecho mella en las sociedades de América Latina. Se redujeron prestaciones sociales así como subvenciones del estado mientras se privatizaban las industrias nacionales con el objetivo de llegar a construir un libre mercado competitivo en el terreno global. Esto llevo a la desaparición de lo que se define coloquialmente como clases medias, empujando a las personas hacia alguno de los extremos del espectro socioeconómico: la completa opulencia y la más vergonzante pobreza. Como podrá usted intuir, la abrumadora mayoría de las personas fueron empujadas a acercarse en mayor o menor medida a la segunda.

El descontento social crecía al grado de que empezaron a aparecer opciones políticas que antes no tenían buena aceptación en la palestra electoral, pero que comenzaban a ser atractivas ante la rigidez metódica de un modelo al cual no terminaban de vérsele los beneficios prometidos. Y todos vinieron acompañados de líderes carismáticos para sus electorados al grado de generar adoración en sus partidarios más radicales. Tal vez ninguno tan polarizante como el en ese momento presidente de Venezuela, el comandante Hugo Chávez, muy dado a los largos discursos, las posiciones extremas y a cierto nivel de mesianismo que proyectaba en actitudes amigables con destinos escritos para ciertos hombres. Pero el líder del grupo era sin duda el presidente del país más poderoso de Latinoamérica, Brasil, en las manos del ex líder obrero Luiz Inacio Da Silva, mejor identificado como Lula. Por su parte, Argentina encontró a su líder rebelde a Néstor Kirchner, y a su fallecimiento sería sustituido por su viuda, Cristina Fernández de Kirchner. En Ecuador se les unió Rafael Correa, pero sería Evo un símbolo especial debido a que es el único caso en que tenemos a un representante directo de las clases más marginadas de Latinoamérica, al ser indígena en un país donde son mayoría, pero jamás se les había permitido acercarse al poder. No incluyo a José Múgica de Uruguay por un único motivo: terminó su mandato y se regresó a vivir a la misma casa en que vivía antes de ser presidente. No buscó, por lo menos de manera explícita, extender su estancia en el poder.

Tal vez ésta es una de las cosas más criticables de este grupo de mandatarios: buscaron perpetuarse en el poder. Bajo el silogismo de que para cambiar un sistema de país desde las estructuras hace falta tiempo, la intentona de muchos ellos, a veces desde etapas sumamente tempranas, fue la de continuar con su mandato de forma indefinida. Tal vez era una reminiscencia de la idea de convertirse en Fidel Castro, abiertamente admirado por varios de ellos. Pero para mantenerse en el poder como el comandante cubano habría que ser tan inteligente como él, cosa harto difícil si consideramos que nos estamos refiriendo a un hombre que le plantó un régimen socialista a los Estados Unidos en la cara y evitó que su gobierno cayera a pesar de los más duros castigos por parte de la súper potencia. Les fracasaron más de 400 planes de homicidio. Si esto fue bueno para Cuba o no, es una discusión aparte, el hecho es que nunca pudieron con él. Pero ése era Fidel, y ninguno de sus discípulos estuvo a su nivel.

Lo verdaderamente malo de querer mantenerse en el poder, en palabras de Leonardo Curzio, es que se termina haciendo más cosas para congraciarse con la gente para que les permitan continuar que en hacer los cambios que motivaron acceder al ejercicio del gobierno en primer lugar. Así los gobiernos terminan siendo mucha demagogia y poca sustancia real. Otro grave problema es la personalización de un movimiento, desastrosamente común en Sudamérica, donde la mayor parte de las corrientes políticas adquieren su nombre en el denominativo de una persona. Por ejemplo, en Argentina no hablan de una izquierda social de corte nacionalista, hablan de peronismo. La ventaja de esto es que la deliberación propia de un partido o movimiento político se ahorra en la decisión del líder. Parece eficiente, hasta que se nota demasiado tarde que todo lo que hay que hacer para desarticular la fuerza del grupo es denostar a la persona que lo encabeza.

En Argentina los Kirchner gobernaron tanto como los límites constitucionales se lo permitieron, pero parece que el fracaso del gobierno que los sacó de la Casa Rosada le dará una nueva oportunidad a la viuda de Kirchner en la vicepresidencia. En Venezuela, Hugo Chávez falleció dejándole su lugar a Nicolás Maduro, para ironía de aquellos que decían que no se podía estar peor que con Chávez. Mismas ideas, pero con incompetencia potenciada. En Brasil, Lula logró que su sucesora fuera su compañera de partido, Dilma Rousseff, hasta que a ella la destituyeron y él fue enviado a prisión por corrupción, de donde acaba de salir hace apenas unos días. Rafael Correa ha estado los últimos años refugiado en Bélgica después de fracasar en cambiar la constitución para reelegirse, ya que en su país se le acusa de millonarios desfalcos el erario.

El último que quedaba de los presidentes originales de este movimiento sui generis de líderes de naciones sudamericanas era Evo Morales. Pero, como todos los demás, trató de solucionar todos los problemas de su país, lo que en la vida real significa abusar de los límites legales del poder y tratar de ejercerlo tanto tiempo como sea necesario. Ésa ha sido la vía hacia el fracaso porque tal vez es volar demasiado cerca del sol, según Ícaro. Así que ante los abusos de autoridad para hacer los cambios necesarios para vencer al inclemente sistema capitalista, terminan siendo perseguidos por ellos y derrocados de sus lugares al tiempo que se denosta a sus movimientos y los logros que pudiesen haber tenido. No sé si el sistema sea invencible, pero me queda claro que lo es para movimientos que se basan en una cara con nombre y apellido para combatirlo. Porque Evo, como sus compañeros, pensó que después de Evo sólo podían continuar los evistas. No crearon organizaciones con dinámica y personalidad propia de donde una masa crítica eligiera sustitutos viables en donde la unidad se diera por las causas y las ideas en vez de por los hombres y los nombres. Así que adiós a esta generación de gobernantes sudamericanos de izquierda, esperamos la que sigue cuando las falsas promesas del sistema se hagan otra vez insoportables.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com

Foto Los Tiempos