Mensaje del Gobernador del Estado, Francisco Domínguez Servién

Ceremonia Conmemorativa del CII Aniversario de la Promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.

El Gobernador del Estado, Francisco Domínguez Servién extiende su mensaje conmemorativo del CII Aniversario de la Promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.

En esta misma sala, hace 102 años, México se jugaba su destino. Aquí en Querétaro se daban cita combatientes.

Compatriotas en armas. No hubo mexicanos más confrontados que aquellos.

Tuvieron, sin embargo, la grandeza y la inteligencia para, a partir de sus diferencias, construir el acuerdo y dar una nueva razón de esperanza a la Nación. No podemos quedarnos atrás.

Conmemorar un año más de vigencia de nuestra Constitución nos obliga a comprender su origen y a construir su porvenir.

Su texto proviene de la raíz más popular del país.

De una nación confrontada, ensangrentada, exhausta.

Una que entendió, demasiado tarde, que los excesos y radicalismos terminan en la confrontación que a nadie sirve.

Por eso, los bandos en guerra se reunieron aquí, con el afán de encontrar una oportunidad para la paz, pero también para la justicia.

Lo hacen con la Constitución.

Ella no solo pacífica.

Promueve también la reconciliación.

Reconciliación por la fuerza de la ley y por la impartición de justicia social.

Es, por tanto, momento propicio para recordar no sólo su gestación, sino para reflexionar sobre su valor, su profundidad y su actualidad.

Aceptémoslo: La mejor forma de honrar la Constitución no es evocándola, sino cumpliéndola.

La Constitución es, al mismo tiempo, una ruptura y una continuidad.

Con la incorporación de derechos sociales, da aliento a las demandas del pueblo.

Al mismo tiempo, preserva la aspiración soberana de los Sentimientos de la Nación.
Del liberalismo, la vocación federalista.
Y también del laicismo humanista de la Constitución de 1857.

Pese a provenir de una revolución triunfante, los constituyentes entendieron que no hay momento histórico, por relevante que sea,
que modifique por sí mismo
la historia.

Por ello, todo el ímpetu de renovar, de sacudir, de refundar, se sintetiza en la recuperación del régimen político que el “porfiriato” había destruido:
Una República representativa, democrática, laica y federal.

El régimen que finalmente logró dar paz y prosperidad al país reside en esa definición, que organiza el poder, al tiempo que lo limita.

La Constitución desvanece las ilusiones de aquellos que, por años, acariciaron la idea de tener un monarca.

Esto es lo que hicieron:

Lo sustituyeron con una regla intocable para los mexicanos que sintetiza la voluntad democrática de Madero:
“Sufragio efectivo, no reelección”.

A México le lleva casi 70 años garantizar a los ciudadanos el respeto a su voluntad expresada en votos.

Por ella, gracias a ella, cristaliza la primera alternancia con la que el país recibe al siglo 21 y que, para bien de todos, ha permitido dos alternancias más.

Nunca lo olvidemos:

Todos, aquí, somos producto de la democracia.
No existe más representatividad que la que se desprende de ella.
Ni legitimidad que se coloque por encima del sufragio, las instituciones y la ley.

La república representativa se sintetiza así:

Todos somos tanto como el que más.
Provenimos del sufragio y somos representantes legítimos de la sociedad.
Tenemos derechos y deberes que nos enaltecen y nos sujetan.

La república representativa elimina la perpetuación del país de caudillos que dominó al México independiente del siglo 19.

De la notable generación liberal,
la Constitución alimenta el laicismo.
Ese legado se hace realidad gracias a Juárez.

Por último:

La Constitución cancela la intención centralista del México más conservador.

En los estados y en la célula básica del estado, el municipio libre,
se distribuye el poder y la gobernanza de la República.
Ésta coagula en el Congreso de la Unión.

El federalismo se convierte así
en el andamiaje de convivencia pacífica para la Nación.

La Constitución que hoy conmemoramos es la misma que juramos cumplir y hacer cumplir.

Cumplirla es una convicción y una obligación.
Como autoridad electa limitamos nuestra actuación al marco de la ley.
Y tenemos el deber de hacerla cumplir.

No nos engañemos:

Faltar a este juramento sería faltar a nuestra palabra y fallarle a México.

La Constitución acaba con la tradición de que la ley se obedece pero no se cumple.

Lo hace así:

No basta que la autoridad cumpla la ley. Tiene que garantizar su cumplimiento.

La grandeza de la Constitución reside en que pretende la igualdad de todos los mexicanos,
en especial de los más humildes,
a partir de la libertad.

Es una constitución de la libertad para la igualdad.

En la libertad, la Constitución genera las condiciones para alcanzar la igualdad.

La más importante de ellas:

Igualdad ante la ley.

La verdadera igualdad reside ahí:

En la posibilidad de que todo mexicano, por el hecho de serlo, pueda acudir a los tribunales para encontrar justicia.

Ahí se iguala al rico y al pobre,
al poderoso y al desvalido.

Por eso se ordena, aunque tardará, que se blinde la división de poderes.

Hay una gran verdad:

La vida equilibrada de un país se da cuando existe un Congreso y un Poder Judicial genuinamente libres e independientes.

Por eso, es también un documento para la reconciliación.

En este mismo recinto, se pacta un proyecto de nación.
Uno que por ser acuerdo entre adversarios, cuida su lenguaje.

Seamos conscientes:

El lenguaje, en la vida pública, hermana o confronta.
Aproxima o divide.

Al final, la Constitución triunfa:

México goza de más de un siglo de paz y de importantes avances.

A 102 años, tenemos, como integrantes del Estado Mexicano, del Pacto Federal, la obligación de refrendar nuestro compromiso con la República.

Con la democracia, con el federalismo y con la representación popular.

Hagámoslo.

Defendamos con pasión los logros y enfrentemos, juntos, los rezagos que aún agobian a millones de compatriotas.

Tengamos la visión y la altura para construir equidad en concordia.
La democracia debe conducirnos a la unidad, nunca a la división.

Tengamos la generosidad de incluir a México como una totalidad.
Nadie puede ser excluido de este gran esfuerzo nacional.
No hay sectores superiores,
ni mejores, ni virtuosos,
ni excepcionales.

Hay mexicanos llenos de entusiasmo que quieren cambiar
y construir un mejor porvenir.

El principio de igualdad parte de ahí. Del reconocimiento de la equidad entre mujeres y hombres, entre el norte y el sur, entre quienes tienen mucho y quienes
no tienen nada.

México es quien genera empleo y quien trabaja.
El que estudia y el que injustamente ha quedado fuera de las aulas.
El médico y el enfermo.
El citadino y el indígena.
El gobernante y el gobernado.

A partir de la unidad, construyamos un mejor país basados en la honestidad y en la ley.

Refrendemos nuestro compromiso con el combate frontal a la corrupción.

La deshonestidad vulnera la confianza y pervierte el sentido de la función pública.

Porque solo es posible una revolución:

La revolución de la honestidad para recuperar a nuestras instituciones y la confianza pública en el Estado Mexicano.

La Nación está urgida de una cultura de la legalidad.

Construyamos juntos una sociedad decente: respetuosa, solidaria
y generosa.

Una comunidad de valores, aspiraciones y acciones.

Abracemos un lenguaje público de templanza.

Abracemos la convivencia creadora.

Abracemos nuestra pasión por construir cultura, civismo, familia, bien común, bienestar.

Todos formamos esta gran Nación.
Todos tenemos algo que aportar.
Todos tenemos trabajo por hacer.

No tenemos tiempo que perder.

Muchas gracias.