La reapertura, Me lleva el Diablo

La reapertura, Me lleva el Diablo, por Alejandro Guillén

En pleno otoño la reapertura de las cantinas en Querétaro es un respiro para el confinamiento que nos obliga el Covid-19, con el calor controlado el bebedor busca su refugio.

Por ahí tendremos a disposición a Varela, El Olé, John Bonachón, Montecasino, Petras, El Luchador, El Crucero, La Casa Verde, El Gene, La Asamblea, Rafaelos, La Selva. Por mencionar alguna.

Vuelven abrir los centros sociales llamados cantinas, y con ello también alguno que otro deporte asociado con el turismo etílico: la transformación social en una barra móvil e inabarcable como es la cantina.

Llega el sol y con él la noche: salen los bohemios, los bebedores sociales, los sibaritas y hasta los borrachos.

Esas huestes que modifican la escala urbana y dispuesta a dinamitar el viejo emblema del siglo XVIII que recomendaba mantener los vicios privados y las virtudes públicas.

En la cantina todo pasa de lo privado a lo público, del recato al exhibicionismo, de la profesionalidad al amateurismo, de la industria a la manufactura, de la Universidad a la calle.

Rebasa los claustros convencionales de esta etílica ciudad y queda desbordado el recinto alcohólico por excelencia de la economía de servicios, tan propia de los estados y municipios turísticos: el bar.

No es suficiente, en todo caso, con aferrarnos a las recientes cocteleras cool, llamados antros, para explicar está la ciudad etílica.

Es menester fijarnos en el bareto de toda la vida, de la hora del amigo y el tequilita, del vinito mañanero y la curada. O seguir de cerca la impenitente ronda diurna del que bebe fiado hasta que consigue pagar y empieza otra vez a trazar su desnortado urbanismo.

Qué ver y visitar, qué hacer, dónde comer… y dónde tomar, por supuesto. Con mayor o menor corrección política, lo cierto es que algunos destilados ayudan a comprender mejor el carácter del paisanaje que puede encontrar en sus periplos queretanos.

Hay cantinas que integran el bagaje cultural de este barroco estado, que son de origen y merecen un alto (con degustación) en el camino. Vuelta a Querétaro en largos tragos. Hay lugares para tomar el tequila, otros para la chela, unos más para la botana y el desempance, en uno se escucha a Los Relámpagos del Norte, capitaneados por Cornelio Reyna y Ramón Ayala, otros un poco de balada, en algunos hay rock.

En Querétaro hay verdaderos templos para echar unos tragos de reposado, en Querétaro pasan cosas y los parroquianos celebran las canciones de José Alfredo Jimenez palmeando la mesa con una mano y la otra al aire con el índice y el pulgar formando escuadra.

O tararean a Javier Solís, a Agustín Lara, Daniel Santos, en sus estribillos; en las cantinas se recuerdan muchas cosas, y los parroquianos son los amos y señores, te tomas cuatro, cinco 20 o 30 copas, y ¡las canciones son recuerdos, que nos ayudan a entender que el olvido es la enfermedad de los desahuciados!

Y después llega la cruda realidad.

 

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