Las costosas, pero indispensables medidas ecológicas

Las costosas, pero indispensables medidas ecológicas

Por Ángel Dorrego.- Varias ciudades del país están buscando adoptar medidas ecológicas para reducir la cantidad de desechos no degradables que produce la actividad humana debido a los altos costos de deshacerse de ellos y la creciente falta de lugares para hacerlo. Una medida que en estos momentos está resonando fuerte en la Ciudad de México es la prohibición de que los comercios otorguen a sus consumidores plásticos de un solo uso, como son los popotes o las bolsas que se suelen entregar con la compra de suministros de uso casero; medidas que, por cierto, ya han sido promulgadas en Querétaro. Esto tiene de cabeza a las empresas productoras de dichos insumos, que acusan que irán a la quiebra ante la desaparición de la mayor parte de sus canales de venta ante la nueva legislación, llevándose con ellos las fuentes de empleo que emanan de su actividad productiva. Sin embargo, esta disyuntiva no es única, ya que, como tal, es la problemática inherente a toda política de corte ecologista.

El sistema de producción económica que conocemos y practicamos a partir de la revolución industrial es capaz de originar lo suficiente para cubrir las necesidades vitales de poblaciones que se cuentan en millones, e incluso de lograr una feroz competencia entre amplias gamas de productos, presentaciones y opciones que pueden satisfacer incluso los gustos de los clientes más exigentes. El costo de este tipo de producción y comercialización, por otra parte, ha sido que nos hemos convertido en una fábrica de desechos que ya han afectado el equilibrio ecológico del planeta, comenzando por la calidad del aire, pasando por la pureza de las aguas y los suelos hasta llegar a un cambio climático que hará inhabitables lugares otrora poblados del planeta. Y no sólo para nosotros, sino para toda la vida a nuestro alrededor, que resulta indispensable para nuestra propia supervivencia. O sea, somos la especie que está acabando con su propio hábitat y aniquilando a todas las demás que comparten ese espacio.
Pero parece que no podemos bajarnos de esta dinámica debido a que el progreso material de nuestras sociedades se ha comprometido en esta carrera. La idea inicial, que ignoraba las consecuencias nefastas a las cuales nos tendríamos que enfrentar, era que con la industrialización se crearían nuevas fuentes de ingreso para las masas trabajadoras que a la vez se convertirían en el mercado consumidor de la misma producción, llevándolos a todos a una vida mucho más próspera y sana que lo que los tremendamente inequitativos esquemas anteriores de producción habían logrado. Aunque desde el principio sabíamos, como describió Marx mejor que nadie, que la mayor parte del usufructo del esquema de actividades favorecería de forma mayoritaria a los que detentaran la propiedad de los medios de producción.

La solución a este problema fue crecer cada vez más la industria para que hubiera más que repartir entre la población. Entonces entramos a la carrera entre las naciones de buscar el mayor crecimiento económico en un mundo con recursos limitados. Y a llevar el consumo más allá de cualquier límite. Hasta que notamos que los desechos que conllevaba el descarrilado tren del progreso estaban matando seres y partes de nuestro hábitat, lo cual ha crecido de forma tan descontrolada como para convertirse en una amenaza para nuestra propia supervivencia, por lo menos del modo en que la conocemos. Esto sin que hayamos superado los problemas de desigualdad y pobreza que aquejan a nuestras sociedades. Entonces nos encontramos ante la monstruosa disyuntiva de seguir generando crecimiento a costa de la degradación del planeta para que la mitad de la humanidad que vive hundida en la pobreza tenga alguna probabilidad de superarla, o tratar de preservar el planeta para futuras generaciones asumiendo que los recursos se queden acaparados en los estratos que ya tienen resuelta su supervivencia.

Esto conlleva a que las generaciones más jóvenes estén protestando desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que tienen derecho a la oportunidad de un futuro en el planeta que les estamos entregando hecho jirones, mientras que la industria que hace productivas a las sociedades amenazan con dejarlas sin fuentes de empleos ante la reducción de producción y consumo de productos probadamente nocivos para el único planeta que tenemos disponible en este momento para vivir. De hecho, este sector sigue negándose a que estas pruebas sean ciertas, aunque la temperatura del planeta haya aumentado, afectando los ciclos naturales de la producción agrícola y ganadera así como incrementado la recurrencia de fenómenos hidrometeorológicos con alto potencial catastrófico. Todo esto basado en lo que despectivamente se denomina como “negacionismo”. Ante las pruebas científicas, contratan a sus propios investigadores que, con sueldos muy superiores a los de su mercado laboral, terminan tratando de buscar falencias en el trabajo previo de sus pares para desestimar los impactos ecológicos de la actividad humana. Y cuando no los encuentran, siguen diciendo que no es cierto. Como Donald Trump, presidente de los Estados Unidos (EUA), quien ante las últimas evidencias sólo reviró: “no me la compro” (I don’t buy it). O Jair Bolsonaro, su par brasileño, quien dice que la Selva del Amazonas no es el pulmón del mundo basado en su bíblica palabra.

Además, hay que agregar que las empresas de la transformación y distribución de combustibles fósiles invierten cantidades exorbitantes de dinero en influir en los cuerpos legislativos de las potencias industrializadas y algunos países en desarrollo. Como tal, pagan carreras políticas completas en los EUA con el fin de que las leyes les faciliten el seguir siendo las fuentes de energía del mundo bajo el argumento de que el costo es más bajo que las energías limpias, mientras soslayan que la sustentabilidad de dichas operaciones se encuentre en permanente entredicho. Porque es cierto, tomar medidas que sean más amigables para nuestro ambiente es mucho más costoso que no tomarlas, pero el precio de no hacerlo es potencialmente catastrófico.

Es así que tenemos un sector industrial que es fundamental para nuestra economía, aunque destruye las bases mismas que lo sustentan. Y si bien es cierto que será tremendamente doloroso para nuestras sociedades adoptar medidas y procesos que relenticen nuestra sobreexplotación de recursos, también es cierto que desde hace mucho tiempo sabemos qué cosas son dañinas y se ha hecho muy poco, en los casos que se ha hecho algo, para transformar gradualmente dichos procesos. Y hoy, ante el llamado la ONU para tomar medidas radicales ante el rezago en las propuestas que se han hecho en las últimas décadas, nos vemos obligados a hacer de tajo lo que en otro tiempo se pudo hace de forma escalonada. La opción es tratar de superar la pobreza y la marginación con las fórmulas actuales, pero dejando a las futuras generaciones sin muchos de los recursos con los que contamos actualmente. O, tal vez, sacrificar bastante en la actualidad para darle un futuro a nuestra especie. Pero no se puede tomar una opción mientras sigamos en la negación de nuestros problemas, tan inconscientes como el párvulo que cree que nadie lo ve cuando se tapa los ojos.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com

Foto The New York Times Credit Edgard Garrido/Reuters