Los recursos (in)humanos de nuestro sistema de salud

Los recursos (in)humanos de nuestro sistema de salud

Por Ángel Dorrego.- El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo hace poco que lo que habían dejado en peor estado las administraciones anteriores es el sistema de salud, respondiendo a cuando le preguntaron acerca del sargazo en las costas de Quintana Roo. Diagnóstico correcto, un poco tardío, pero es mejor a que nos sigan diciendo que las cosas están bien y mejorarán pronto. Diagnóstico que sólo representa lo obvio para millones de mexicanos que diariamente tienen que padecer la insuficiencia de servicios e insumos, cuando no reglas torpes y paralizantes o funcionarios desinteresados e ineficientes. Querétaro en los últimos años ha sido excepción en las tendencias negativas que sufre el país, pero en este tema parece que la podredumbre es general.

El primer indicio en este sexenio lo dio la renuncia del que inició la administración como director general del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Germán Martínez Cázares, quien alego que con los presupuestos existentes era imposible sostener en sana operación la institución, ya no hablemos de hacer las apremiantes mejoras sustantivas en el servicio. Desde el gobierno se le llamó cobarde por dar un paso a un lado ante los primeros retos de su encargo. Se nombró a Zoé Robledo como su sustituto en el puesto. Éste muy pronto apeló de manera abierta a la caridad para que la gente done en especie con el fin de que el instituto pueda paliar sus múltiples falencias. Supongamos que se lograra inyectar miles de millones de pesos a las instituciones públicas de salud. Los servicios mejorarían, pero aún se corre el riesgo de que sigan siendo ineficientes, debido a que los recursos humanos siguen en las mismas dinámicas que hoy tienen al IMSS como líder en quejas ante derechos humanos.

Lo que sucede es que el inmenso problema financiero de las instituciones de salud opaca un problema igual de grave: el deplorable e insensible trato que se le da a los pacientes y sus familiares. Aunque la generalización es injusta, la tendencia es, por lo menos, abrumadora; como testifican miles a diario. Al infortunio de ver mermada su salud, los pacientes y sus familias tienen que vivir un viacrucis de lidiar con trabajadores que están tan inmersos es sus ineficientes procesos que han olvidado para qué les servían en primer lugar. En donde importa más el acta que el acto. Donde se atienden expedientes en lugar de personas. En dónde los médicos de primer contacto están más preocupados por no dar incapacidades a quien no las amerita que por curar el padecimiento de quien lo necesita.

Se podría decir que son personas que han adquirido el vicio de ser desinteresados burócratas con bata; sin embargo, internos y residentes, que deberían mostrar el mayor entusiasmo e incluso idealismo en su encargo, rápidamente se vuelven déspotas condescendientes que creen que una carrera universitaria, que no tiene nada de extraordinario con respecto a muchas otras, les otorga la facultad de tratar a sus empleadores, los pacientes, con desdén; mientras les otorgan justificaciones ilógicas, fundamentadas en deficientes procesos de operación, basándose en una conceptualización decimonónica de su profesión. Parece que repiten el fenómeno del experimento de los simios en la jaula: se pone a un grupo de primates en un confinamiento en donde cada uno tiene un collar con la capacidad de soltar descargas eléctricas. En la jaula hay comida, pero cada que alguno trata de acercarse a ella todos reciben una descarga, así que dejan de aproximarse. Entonces cambian a uno de los simios por otro. El nuevo se acerca a la comida y es golpeado por todos los demás al intentarlo, cosa que se repite en cada cambio hasta que ya no haya ninguno de los primates que vio la causa de la consecuencia. Pero siguen golpeando al que se acerca a la comida, aunque ya no saben por qué. Es el mismo caso acá. Años de estudio para reproducir nuestro comportamiento más básico como homínidos. Una tristeza para cualquier profesión. Sin embargo es importante decir que, una vez que se logra llegar, después de un arduo camino, a un especialista de primer nivel que en muchos casos tiene alternativamente una exitosa práctica privada, se encuentra a una persona amable e interesada en resolver los problemas de salud de sus pacientes. Puede que por eso sean los mejores.

En resumen, sin duda nuestros institutos de salud pública requieren muchísimos más recursos de los que disponen actualmente. También una reingeniería de procesos con el fin de eficientar lo que se tiene. Sin embargo, todos estos cambios se verían inutilizados si las personas que trabajan en el sistema de salud no son capaces de dar un trato digno a los derechohabientes y sus familias. Urge que se les entrené en competencias tan básicas como la atención al público y derechos humanos. No sirve de nada tener al mejor estudiante de medicina si éste es incapaz de tratar con sus pacientes con un enfoque humanista. Ésa sería la mejor inversión, ya que sin un capital humano de calidad y presto para el servicio es imposible lograr una operación medianamente decente. No hay buen aparato de salud pública sin doctores con más compromiso con la medicina que con llenar trámites burocráticos. A lo mejor bajarían las quejas a derechos humanos. Y hasta el público empatizaría con los problemas que viven como institución. Si tan sólo dejaran de ser simples burócratas y se convirtieran en recursos humanos.

Educación

Por Ángel Dorrego

Analista, consultor y asesor político. Especializado en temas de seguridad y protección civil. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales también por la UNAM. Cuenta con experiencia como asesor de evaluación educativa en México y el extranjero, funcionario público de protección civil y consultor para iniciativas legislativas.
Correo para el público: adorregor@gmail.com

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